Martes, Septiembre 26, 2017 - 11:13

TESTIMONIOS DOCUMENTALES DEL ARCHIVO GENERAL DEL ESTADO

La Casa de Moneda

Dicen que el amor mueve al mundo, pero es el mundo el que gira alrededor del dinero. Las necesidades humanas fundamentales son finitas, pocas y clasificables, son las mismas para todas las culturas y todos los períodos históricos. Lo único que cambia, es la manera o los medios utilizados para satisfacerlas. Los economistas tienen un indicador llamado NBI “Necesidades Básicas Insatisfechas” para identificar las carencias críticas en una población y caracterizar la pobreza. Algunas necesidades básicas son cubiertas pagando diferentes precios.

La costumbre de sufragar los servicios inició desde el neolítico, el descubrimiento de la agricultura y el excedente de esta, junto con la división del trabajo y la ganadería, dieron como resultado la propiedad privada y el trueque o canje de productos por otros que necesitaban o deseaban. Con la llegada de la edad de los metales los asentamientos humanos se deslumbraron por la perdurabilidad, dureza o brillo de estos, así que el hierro, el cobre y el bronce, generalmente ya convertidos en herramientas, comenzaron a ser los favoritos para los intercambios.

Ese trueque se transformó con el paso de los años, ya que no siempre la gente tenía lo solicitado, eran muy pesados los objetos para trasladarlos o simplemente no querían lo que se les ofrecía a cambio, entonces se tuvo que optar por alternativas de transacción.

Fue entonces cuando algunas civilizaciones comenzaron a idear una manera en que se contara con estos metales pero en una forma manejable, atribuyéndosele a los gobernantes de Lidia (hoy Turquía), el ingenio de convertirlos en lingotes pequeños cuyo valor equivalía al importe de lo adquirido. Es así como en el siglo VII a.C se acuñaron las primeras monedas. Estas se distinguieron por tener el emblema de un león, que representaba a la Dinastía Mermnada lo que les dio carácter oficial.

Con el auge del oro y la plata, Babilonia, Mesopotamia, Grecia y Roma se unieron a la fabricación de estos elementos representativos que facilitaban los pagos. La cultura griega las elaboró solo para su comercio interno, con la conquista romana, este uso se difundió por toda Europa.

En la Edad Media la acuñación de monedas se convirtió en una labor seria y respetable, más aún por cuanto era una facultad exclusiva del monarca. Cada Casa Real comenzó a tener su propia ceca y troquel; la palabra ceca proviene del árabe sikka que significa moneda. Dar el sikka era dar el derecho a emitir moneda, en un pequeño taller con herreros y grabadores quienes utilizaban el troquel, con el cual a base de golpes de martillo lograban estamparlo en el cospel (disco metálico de dos caras para acuñar). El troquel o cuño es una pieza de acero en la que están grabados en bajo relieve los detalles de la figura que se pretende “imprimir” en la moneda a acuñar. Para intentar garantizar que las monedas fueran iguales, no se grababan los troqueles, sino se modelaban dos únicas matrices, para cada lado de la moneda, sobre las cuales mediante la presión de otro trozo de acero en estado blando se imprimía el punzón, es decir, las matrices son el negativo y el punzón el positivo de la moneda. Cuando se dañaba un troquel, el punzón se hincaba de nuevo sobre otro trozo de acero para obtener un nuevo troquel, que con el grabado en negativo comenzaba de nuevo a acuñar

Dada la elaboración tan rustica, la estética no era su principal cualidad, con frecuencia las monedas solían ser irregulares o deformes. La primera acuñación medieval cristiana de la península la hizo Alfonso VI (1047 1109), rey de León (1065-1072; 1072–1109), de Galicia (1071–1072; 1072–1109) y de Castilla (1072–1109), fue el primer monarca en acuñar su propia moneda en 1085 y estableció dos casas, una en Toledo y otra en León, en sus monedas denominadas “regis” usó el vellón, una aleación de plata y cobre.

En 1533 avanzó considerablemente la acuñación, el alemán Brucher diseñó un laminador basado en un molino hidráulico y una prensa de volante, convirtiendo este proceso artesanal en un trabajo mecánico.

Las monedas, a lo largo de la historia han llegado a tener un gran significado, son un signo de valor, medio de adquisición, regulan el comercio, sirven para liberar deudas o atesorar riquezas, y han perpetuado a las civilizaciones dando evidencia de ellas y de las transacciones y precio de los artículos, de igual manera han sido objetos de colección. Así mismo distinguen a los países y difunden sus imágenes, las de sus líderes y sus héroes nacionales. Elaborarlas es un gran trabajo, puesto que se elige el diseño, el personaje, el valor asignado, su composición, etc. Su nombre, depende en ocasiones de su autor, imagen impresa, forma de fabricación o del lugar de origen.

La numismática, ha dividido la moneda en partes para su análisis histórico, tomando en cuenta su anverso, reverso, canto, impronta, leyenda, tipos, marca, campos, exergo, valor facial, grafila, listel y firmas. También investiga sus propiedades, materiales, título, liga, pie, talla, tolerancia, merma, valor y paridad monetaria.

El uso de la moneda fue una práctica traída de España al Nuevo Continente, aunque en un principio, los españoles tuvieron que aprender los medios de cambio de los indígenas, quienes para las transacciones además del trueque utilizaban el jade, el algodón y el cacao.

Las monedas se acuñaban en la península, pero al darse cuenta en la Nueva España que el territorio de México era rico en metales, y que con el auge del comercio era difícil estar transportando metal y trayéndolas por todos los peligros que eso conllevaba, entre otros la piratería, solicitaron que se estableciera aquí un lugar donde pudieran acuñarlas.

El 11 de mayo de 1535 se abrió la primera casa de moneda en México bajo el auspicio del virrey Antonio de Mendoza, quien recibió la Real Cédula de fundación de la que fue la primera Ceca en América.

Las primeras monedas acuñadas se denominaron Carlos y Juana en honor a los reyes de España, fueron hechas a mano, a golpe de martillo desde 1536 a 1555 y utilizándose plata para las de ½, 1, 2, 3, 4 y 8 reales, y cobre para las de los indios que valían 2 y 4 maravedíes. (Fuente, Biblioteca AGEPEO. Disposición del 13 de Noviembre de 1537 por ley 1, tit. 2, lib. 4 de la Recopilación de Indias).

El 10 de mayo de 1544 se ordenó que todas las monedas labradas fuesen de la misma ley, valor y peso, sin diferencia en los cuños, punzones y armas de las de Castilla. En caso de que falleciera un soberano o los intereses reales cambiaran, las matrices eran modificadas y traídas custodiadas desde Madrid.

Las clases bajas se resistieron a utilizar y a recibir monedas, sobre todo porque las que les manejaban a los pobres evidenciaban un bajo valor, y estos juzgaban que no correspondían al importe real de sus productos. A pesar de esta observación el virrey Antonio de Mendoza mandó por Auto del 9 de febrero de 1546 que se labrara una moneda de vellón, la que según cuentan terminó arrojada por los indígenas a la laguna de Texcoco para evitar su circulación; igual suerte corrió su sucesora una moneda pequeña de plata. Lo anterior logró su objetivo al continuar el comercio tradicional con granos de cacao.

En 1565 se solicitó que se beneficiaran con la característica de vendibles, renunciables, y agraciados con una buena remuneración, los oficios de tesorero, contador, fundidor, ensayador y marcador.

En el lapso del reinado de Felipe II (rey de 1556 a 1598), hasta Felipe V (rey de 1700 a 1746) las monedas se llamaron macuquinas, siendo la más antigua una labrada en 1607, justo en esa época se empezó a fechar las monedas en México.

Por 1679 comenzó la amonedación de oro para evitar el contrabando, las formas continuaban irregulares pero sí se cuidaba que el peso fuera exacto. Para 1729 se promovió en la corte que se estableciera en la Ciudad de México una casa de moneda por cuenta del erario, y el 23 de julio de 1730 se expidieron las nuevas ordenanzas de Casalla y se comenzó la construcción de este establecimiento con oficinas de fundición, salas de molinos, hileras, volantes y ensaye.

Dado que las monedas circulantes eran de metales codiciados podían prestarse a robos, delitos y falsificaciones por lo que advirtiendo esta problemática el 26 de enero de 1731 se mandó establecer en la corte una junta que se dedicara exclusivamente a atender estas infracciones, nombrándose a seis ministros, un presidente y un secretario.

En 1732 se remediaron la mayoría de estos males puesto que con la revolución industrial se inventó una máquina que permitió la fabricación de monedas redondas con un cordón protector que las protegía de mutilaciones y limaduras.

En el siglo XVIII se acuñaron monedas de plata llamadas columnarios o de mundos y mares, que fueron las primeras acuñadas por el gobierno (de 1732 a 1773). En su reverso tenía sobre el mar, dos hemisferios adosados bajo la corona, bordeando la moneda el lema VTRAQUE VNUM (Ambos son uno) y entre las columnas de Hércules con bandas que las rodean la inscripción “Plus Ultra”; su belleza y fina composición las llevó a ser considerada como el principal medio de pago internacional. El real de a 8 se difundió por todo el mundo como “Pillar Dollar” o “Spanish Dollar” o “Piastra Spagnola” En cuanto a las de oro, estas serían conocidas como peluconas puesto que llevaban la imagen del rey con armadura y abundante peluca.

En 1771 Carlos III, sustituyó la de mundos y mares por las del busto del Rey, y se mandaron a recoger mediante su cambio en las cajas reales; en 1772 se enunció que todas las Casas de Moneda debían sujetarse a los punzones, matrices y nuevos sellos.

Las condiciones exitosas de la minería en México dieron como resultado 300 años de monedas fabricadas en oro, plata y en menor proporción las de cobre, variando modelos, denominaciones, equivalencias etc.

 

Relacionado

Cerrojazo de oro

Cerrojazo de oro

HUAJUAPAN DE LEÓN, OAXACA.- Con el Recital de Piano, Violín y Canto,